Creo pertenecer a esa corriente de pintores que desde antiguo defendían su oficio desde lo visual y lo formal. La imagen y no la idea era el fin de las búsquedas. Luego vinieron los conceptualistas que tan bien saben defender dialécticamente el suceso, el proyecto ¡tanto hueso para tan poca carne!

 

            Soy hijo (mal avenido) de la Academia. Cada vez quedan ya menos pintores que sufrieron aquellos rigores del conté, la estatua, el claroscuro, el oficio en fin, sin otra meta que el manierismo. Nunca llegué a renegarla del todo (¿por qué tirar piedras a tu tejado?) en la creencia, tal vez ingenua en estos tiempos, de que como a Picasso, todo se perdona si uno “ha sabido” dibujar. Queden pues aquellos rigores canónicos de la Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid como los ejercicios que desarrollan y preparan tu cuerpo para otras atenciones.

 

            Desprenderse de ese bagaje formativo (que en definitiva daba seguridad al artista) y lanzarse al libre albedrío es más difícil cuando se ha dado preeminencia a los valores figurativos y de representación. Hoy sigo creyendo en ellos y poniéndolos en práctica desde mi cátedra del instituto Usandizaga de Donostia reelaborados en lo que se ha dado en llamar Post-Academia.

 

            Pero mi exposición va por otros mundos.

 

            No fue hasta el año 1997 que encontré un camino propio, y éste lo hallé, no en libros, artículos ni revistas relacionadas con el mundo del arte, no viendo exposiciones ni acudiendo a centros formativos, museos, no viviendo en contacto con otros pintores.

 

            Más bien, dando la espalda a todo ello y dejando una ventanita de curiosidad abierta por si por ella algo hubiera de llegar.

           

            Ese año 1997 una crisis personal (llamémoslo así, nada grave ni insuperable) hizo cambiar mi visión de la vida (¡qué trascendente!). Se me desgajó todo, se me derrumbaron las cosas. Incluso mi propia casa quedó reducida a puro escombro. Tan solo quedaron 2 pilares, el cielo y unos cascotes pendientes de unos hierros retorcidos.

           

            Esta imagen me gustó como representación de aquella nueva situación. A partir de ella comencé a hacer pequeñas cosas. Ya en la exposición que por aquellas fechas hice en Fuenterrabia “Arcadia rota” aparecía esta idea de lo fragmentado, lo que ha perdido la idea del todo, la coherencia unitaria y su jerarquía tan querida por el Arte Académico.

 

            Lo fragmentario es pues el motor que mueve desde entonces mi visión y mi obra. Ésta ha tomado distintos nombres o versiones de la misma noción en series como “Uharriak”, “Opus incertum”, “Laboratoires”…

           

            Ya no veo proporción, armonía, jerarquía, relaciones o al menos no con el sentido clásico. Es curioso, pero este “romper” me da desde entonces paz y en él me siento cómodo.

 

            Luego he visto que todo esto no es nada original (tampoco lo pretendo, ése es otro valor de la academia: las vanguardias)... Que la idea de lo fragmentado estaba ya en Dadá, en el collage (del que hago mucho uso) y en toda una corriente del Arte del siglo XX.

 

            Me quedo en que hago lo que me gusta y encuentro todo fragmentado cuando voy semanalmente al chatarrero o a traperos, cuando me baño entre cantos rodados en una poza del pirineo, cuando veo el mundo a pedazos en el periódico (girones y guantes colgando de una valla), cuando observo las familias craqueladas de mis alumnos, cuando todo átomo tiende a alejarse del núcleo, cuando he buscado una casa de campo por los pueblos abandonados de España y los muros derruidos también me han devuelto el eco de un mundo a trozos, fraccionado, despedazado y aún y todo bello.

 

            Un abrazo.

 

                        Juan

 

                                                                                  San Sebastián, 16 de octubre 2005

 

www.beittu.net